Tema: Género literario – El cuento
fantástico
Leer y escuchar voz en audio de
propio autor (adjunto link https://youtu.be/uGGOv3t3BMo )
atentamente el cuento y desarrollar las consignas brindadas:
Casa tomada
Autor: Julio Cortázar
Nos gustaba la casa porque aparte de
espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa
liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos,
el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia. Nos habituamos Irene y
yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían
vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana,
levantándonos a la siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas
habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a mediodía, siempre
puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos pocos platos sucios. Nos
resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos
bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegamos a creer que era ella la que
no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se
me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los
cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso
matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por
los bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos
primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el
terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos
justicieramente antes de que fuese demasiado tarde. Irene era una chica nacida
para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del
día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo
que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para
no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para
el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un
chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era
gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a
perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle
lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que
devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las
librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa.
Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina. Pero es de la casa que me
interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me
pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero
cuando un pulóver está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día
encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas,
verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve
valor de preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos
ganarnos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y el dinero
aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una
destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos
plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se
agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso. Cómo no acordarme de la
distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y
tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia
Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa
parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y
el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba
a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De
manera que uno entraba por el zaguán, abría el cancel y pasaba al living; tenía
a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que
conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la
puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía
girar a la izquierda justamente antes de puerta y seguir por un pasillo más
estrecho que llevaba a la cocina y al baño. Cuando la puerta estaba abierta
advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un
departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo
vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la
puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta
tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a
sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla
una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos
de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se
suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y
los pianos. Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin
circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho
de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui
por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta
al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o la
biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre
la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo
tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas
piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes de que fuera demasiado
tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta
de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad. Fui a la
cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le
dije a Irene: –Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del
fondo. Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados. –¿Estás
seguro? Asentí. –Entonces –dijo recogiendo las agujas– tendremos que vivir en
este lado. Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en
reanudar su labor. Me acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese
chaleco. Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en
la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa,
por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas, un
par de pantuflas que tanto la abrigaban en invierno. Yo sentía mi pipa de
enebro y creo que Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con
frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún
cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza. –No está aquí. Y era una
cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La
limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media,
por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se
acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo
pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene
cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre
resulta molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a
cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes
de comida fiambre. Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para
tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a
mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me
sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi
siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene
decía: –Fíjate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol? Un
rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para
que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a
poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar. (Cuando Irene soñaba
en alta voz yo me desvelaba enseguida. Nunca pude habituarme a esa voz de
estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene
decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el
cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se
escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos
el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes
insomnios. Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los
rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al
pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho,
era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos
poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una
cocina hay demasiado ruido de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en
ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a
los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz,
hasta pisábamos más despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que,
de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba enseguida).
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes
de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de
agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal
vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el
sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi
lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente
que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el
pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro. No nos miramos
siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta
cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre
sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe el cancel y nos quedamos en el
zaguán. Ahora no se oía nada. –Han tomado esta parte –dijo Irene. El tejido le
colgaba de las manos y las hebras iban hasta el cancel y se perdían debajo. Cuando
vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
–¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? –le pregunté inútilmente. –No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi
dormitorio. Ya era tarde ahora. Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran
las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella
estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima,
cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que
a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora
y con la casa tomada.
Actividades
Luego de leer y escuchar el relato
responder:
*Busquen
las palabras que desconozcan para una mejor interpretación del texto
1 - ¿Qué les pareció el cuento?
Justificar la respuesta
2 - ¿Quién relata la historia? Es un
personaje ajeno al texto o esta involucrado en el mismo ¿
3- Describa a los personajes del cuento
4- ¿Qué piensan de cada uno de ellos?
La relación entre ambos, su estilo de vida, sus actividades y todo aquello que
les parezca pertinente mencionar.
5- ¿Qué piensan que “tomó “la casa
(hagan volar su imaginación) ustedes pueden
6- ¿fue buena la decisión que tomaron
al final? ¿por qué? ¿Ustedes hubieran hecho lo mismo? ¿En el caso de no ser
así, cual hubiese sido su decisión?
7- El miedo en muchas ocasiones nos
paraliza, no saber a qué nos podemos enfrentar:
¿Pueden hacer una analogía (comparación) con lo que
está pasando en el mundo hoy (pandemia)?
8- A-Realicen un gráfico de la casa en
sus diferentes instancias descriptas en el relato *sugerencia, un plano visto desde arriba -
B-
realice un gráfico de la “toma” de la pandemia en el mundo.
¡Vamos sean creativos con los dibujos
… ¡
Éxitos con la actividad…
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